XVII.
TAGAERI-TAROMENANI
Las crueles
incongruencias de la civilización
Cuando uno ha vivido
durante muchos años en “el infierno verde de
la selva” llega a ser testigo de inimaginables e incivilizadas incongruencias.
¿Pueden imaginarse a alguien de corbata y títulos académicos aprobando la
masacre a balazos de indígenas con lanzas? Sería como rezar la oración del
Hermano Francisco al revés. Me refiero a la plegaria de San Francisco por la
paz recitada a coro por los “halcones del petróleo”, los madereros y
petroleros, puestos de rodillas ante una torre de perforación iluminada con
miles de luces de colores como un árbol de Navidad, enmarcada entre gigantescos
árboles de cedro y caoba, pidiendo así:
Hazme Señor,
instrumento
de genocidio,
Allí
donde hay amor, ponga yo odio,
Allí
donde hay perdón, ponga yo rencor,
Allí
donde hay armonía, ponga yo discordia
Allí
donde hay verdad, ponga yo error,
Allí
donde hay fe, ponga yo duda,
Allí
donde hay esperanza, ponga yo desesperación,
Allí
donde hay luz, ponga yo obscuridad,
Allí
donde hay alegría, ponga yo tristeza.
Haz,
Señor, que busque
No
hacer el bien, sino el mal,
No
comprender, en lugar de comprender,
No
amar, cuanto matar la vida.
Porque,
cuanto más robo más felicidad siento,
Cuanto
más mezquino, acabo con el indio,
Exterminando
a inocentes es como voy al limbo,
Y
matando es como aseguro la vida eterna.
Amén.
Con motivo de la
conmemoración de los 25 años de la muerte de Monseñor Alejandro Labaka, obispo
de Aguarico y de la hermana Inés Arango, escribí un recordatorio de aquellos
sucesos, con el título: “Hace 25 años”, del que entresaco algunas cosas: “… Los
12 orondos hombres en torno a la mesa eran, en su mayoría, personeros de la
petrolera Braspetro y acababan de decidir la entrada inconsulta a los
territorios de la comunidad Tagaeri para comenzar los trabajos de prospección
sísmica. No había más que decir ni objeciones que presentar. El Gobierno exigía
a la compañía el comienzo inmediato de las operaciones hidrocarburíferas y
acabar con los que se opongan.”
Allí estaban también
los dos hombres a quienes se había pedido el trabajo de “pacificación”. Enrique
Vela que iría escoltado por sus mercenarios armados “shiwiar” y Alejandro
Labaka solo, al que no se le admitió razón alguna ni la moratoria que pedía.
Después de unos pocos días moría alanceado junto con la hermana Inés a manos de
los que quería salvar del exterminio. Había escrito: “Si no vamos nosotros los
matarán”. Por el momento su muerte los salvó.
Lo que he escrito es
un recuerdo de hace 27 años. Hoy día se está dando la misma incongruente
realidad. Nada ha cambiado, más bien hemos disminuido en humanismo. Estamos en
los mismos frentes de lucha que encararon, por una parte Alejandro y los
Tagaeri-Taromenani y, por otra, los mismos ilustres personajes que toman
decisiones sobre “vidas y haciendas” y manejan el petróleo. En el año 2003 hubo
una matanza a balazos de Tagaeri-Taromenani de 25 a 30 individuos, la mayoría
de ellos mujeres y niños y en el año 2014 otra masacre a balazos al mismo grupo
étnico en la que mataron de 20 a 30 Taromenani, en su mayoría también niños y
mujeres. Para los sobrevivientes, diezmados y acosados, la actual situación es
peor. Sin saber por qué, tienen que huir o erráticamente tirar las últimas
lanzas. Están atrapados, sanduchados entre muros de carreteras y fronteras de
bloques petroleros, entre colonos invasores y waoranis que los acechan, entre
la indiferencia, la insensibilidad y el racismo de funcionarios de corbata,
anillos de oro en sus dedos afeminados, títulos de excelencia y la política
extractiva del Estado de los recursos naturales que principalmente debían ser
para ellos.
Estamos siendo
testigos de la dramática incongruencia del asesinato de gente inocente, cuyo
único delito sería el haber nacido y querido vivir en el Paraíso amazónico, en
cuyas prístinas selvas sin saberlo, se ocultaba el oro negro del petróleo.
Cuando los buscadores de tesoros lo encontraron se abalanzaron ávidos y se lo
apropiaron sádicamente a sangre y bala, hollaron sus casas y territorios
ancestrales con ruidosos bulldogers, los acorralaron, transformándolos en
“refugiados ecológicos” y decretaron que “los temibles guerreros de madera”
debían morir por osar defender sus derechos a vivir, con armas de palmera de
chonta. Cuando dejen de fabricar lanzas para medirse con los fusiles de
sicarios pagados, habrá desaparecido también este último refugio de madera en
la selva libre. Ya no habrá selva, porque no habrá hombres. Solo quedarán
petroleros. En el entorno, a su vez se erguirán torres de perforación de
acero y las raíces de los árboles se
volverán tuberías metálicas llenas de petróleo que alegrarán el corazón negro
del amo del tesoro en su almidonado mundo civilizado.
Los conquistadores del
siglo XVI dudaban de que los indígenas americanos tuvieran alma. “Los
Taromenani son peor que los animales,
porque ni siquiera son comestibles”, dicen ahora algunos. Frases de la misma
raíz genocida creadas para estas ocasiones por personeros ilustres,
antropólogos, sociólogos y pueblo son: “allá entre indios”, “es una guerra
entre clanes”, “justicia indígena”, “entre indios que se maten si siempre se
han matado”. “Qué importa un puñado de indios que ni producen ni consumen”.
Racismo e indolencia civilizada de los que nos preciamos de tener unas leyes
que promueven la diversidad lingüística, la pluriculturalidad, la plurinacionalidad,
el respeto a los derechos humanos y a la vida; pero que al criminalizar el
derecho más elemental a la defensa del territorio y de la vida, descargamos
sobre “ellos” la responsabilidad total de los efectos colaterales, provocados
por nosotros. Cuando la salida oficial del sistema es echar la culpa al otro
por decir y ejecutar una verdad justa, se decretan “cacerías de brujas” y se
buscan “chivos expiatorios” para descargar sobre ellos las culpas. Se estaría
indicando a la vez una irresponsabilidad institucional pública invencible y
una debilidad de coordinación entre los
diversos niveles de gobierno que generan ante la sociedad elevados niveles de
incertidumbre y confusión.
¿Cómo explicar la
incongruencia de que los salvajes eran aquellos enjambres de civilizados que
con su tecnología de punta, destrozaban árboles centenarios, mataban millones
de animales y de plantas medicinales desconocidas con una determinación y saña
que rozaba la inconsciencia? ¿Cómo explicar que las intenciones políticas eran
las de ayudar a poderosos grupos económicos para que se hagan cada vez más
ricos a expensas del exterminio de sociedades primitivas privilegiadas que han
durado, como la tierra y el bosque, desde los albores de la creación y que
ahora los ofrecen en sacrificio al dios progreso, quemados con la leña de los
árboles del paraíso en la pira maldita del altar del dólar?
Achakaspi
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